El mundo y la vida se han enredado en este lustro que ha transcurrido desde la última ocasión. Igual en demasía o igual es el lógico devenir de las cosas. Supongo que carece de importancia. En cualquier caso, en este momento he considerado prudente abandonar esta tediosa recogida de la habitación de sábado por la mañana y cambiar de actividad para desalojar el desecho de tienta que aflora de mi extenso cráneo y que amenaza con salir por las orejas, cual pozo petrolífero de cerumen, igual evitando tomar la forma de desdichado accidente cardiovascular, quién sabe. Seguro que abrir las compuertas de la presa en los momentos de presión es una buena idea. El que no se consuela es porque no quiere.
En todo caso, no iba a dejar de revisar con fruición y ahínco el socavón que el deceso de mi progenitora ha provocado en este pasaje a la nada en el que aún ando embarcado, con resultado asegurado de naufragio. Evidentemente, no va a sorprender a nadie que el narcisismo y la soberbia, que me caracterizan, parece ser que desde bien temprano, por un instante hayan derrotado de forma inesperada a la nebulosa de pereza que, como el asfixiante ambientador de canela en los Zara Home, inunda mi día a día.
Comenzaré con las generales de la ley. Estoy en la obligación de loar a la persona ausente. Por decoro, por homenaje, por adhesión a los buenos modales y, en este específico caso, porque me sobran los motivos, que cantaría el chaquetero Sabina. Supongo que es comprensible y humano, pero el amor que siento por mi madre, quizás acentuado por su definitiva ausencia, algo habrá tenido que ver con la tremenda admiración que he sentido por ella a lo largo del camino. Por circunstancias de la genética, del azar o de mi natural propensión a la elección incorrecta, igual ya inscrita en el código genético desde mi estado de mórula, esta personalidad gris, mezquina y de patrón previsible, que disfraza el monstruo en ebullición contenida que soy, nunca ha estado a la altura de la dignidad con la que mi señora madre condujo su vida. El ADN mitocondrial pasó por mi puerta y no salí ni a saludar. Apunte, marmolista, podría resultar un buen resumen de mi paso por el mundo. Elogio a una persona coherente en su hacer con su pensar y con tan inquebrantable voluntad que solo era domeñada por ella misma para desbordar un exquisito respeto para con los demás. Hablo de una mujer rompedora, terriblemente adelantada a su tiempo, valiente, sin trampas y con un saber estar entrenado para departir por igual con el barrendero y con el gobernador del Banco de España y para disfrutar con cualquiera de ambos perfiles. En fin, una somera descripción que añade poco, en tanto en cuanto cualquiera que la haya conocido podría suscribirla y a buen seguro incrementarla. Afortunadamente, es la vergüenza la que todavía me atenaza cuando recobro los recientes recuerdos de estos últimos malos tiempos. Momentos muy oscuros en los que han fulgurado en todo su esplendor todas las aristas que me alejan de ser calificado como ser humano y refuerzan mi condición de alimaña. Pero el arrepentimiento ni sana ni cotiza, salvo en desfasadas religiones, que bien poco me interesan. Seguramente, mi único aporte, de escaso valor, está en que sí puedo explicitar a pleno pulmón la falta que me hacía. Contar con ella "en tu equipo" era un seguro con una lista de coberturas del todo inalcanzable para cualquier correduría. Su pérdida encarna a la perfección el significado de la orfandad. No tengo muchos consejos que dar a nadie, pero, si tenéis ocasión, no dejéis de hacerles sentir lo imprescindibles que resultan. A veces, en el ocaso, es posible que algunos caigan en la tentación de sentirse ya de más: no pueden estar más confundidos, nunca son tan necesarios.
Por fortuna, mi incapacidad manifiesta para expresarme tan libremente de palabra y ante la persona admirada a causa de ni natural carácter vergonzoso, mi madre nunca tuvo que soportar zarandajas y lisonjas sin sustancia como las de este calado. Además, sus ganas de vivir no contemplaban escenarios imaginarios mejores que el que ella había construido, porque, además de muchas otras cosas, ella ha sido la arquitecta de todo lo bueno que hayamos podido vivir juntos e incluso heredar. Fue tan directora de orquesta como integrante de la banda, tan directa y certera como comprensiva, tan genuina en su proceder como respetuosa para con los demás. Y así podría seguir en una enumeración sin fin de equilibrios virtuosos. No cabe duda, que todos ellos ajenos a las mediocres equidistancias de los cobardes, como las que se gasta un servidor. En definitiva, un conformado de átomos de carbono con verdadero polvo de estrellas como label de calidad, una de esas personas centrales que permiten orbitar y vivir a rebufo incluso al más zángano de la prole, como ha sido el caso.
Ahora, que he quedado colgado de los pelos de la brocha, no veo más salida para seguir adelante que maridar los tiempos de amnesia voluntaria con la quemazón del alma perpetua, maldita herida, que como la del condenado Prometeo, nadie va a ver cicatrizar.
Sit tibi terra levis, mamá.
P.S. Igual que los cocineros deglasan lo que se ha pegado en la cacerola con un líquido alcohólico, por el momento, en la soledad que me toca, dejaré esa función recuperadora en manos la prole de Zeus y Mnemósine.

Comentarios
Publicar un comentario